Un pequeño Book

14:57 Stanley Herrarte 3 Comentarios













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Mi propio cuento de navidad

12:31 Stanley Herrarte 7 Comentarios


Ese domingo inició bastante más temprano que de costumbre... con cara de almohada y a regañadientes abordé el bus hacia el hogar Miguel Magone, una especie de casa hogar para niños que tienen padres con problemas con la justicia.

Después de un largo trayecto, llegamos al lugar. La casa estaba llena de juego infantiles (como los de McDonalds) resbaladeros y hasta una pequeña cancha para jugar fútbol. Los colores alegres contrastaban con el ambiente.

Un grupo de niños entre 3 y 15 años aproximadamente observaba desde lejos nuestros movimientos. Los más pequeños se entusiasmaron al ver el castillo inflable que poco a poco comenzaba a tomar forma. Los más grandes se mostraban aburridos, desganados.

Después de descargar del camión las piñatas de Mario Bros y algunas princesas Disney, una señora dio el aviso de ir a la capilla. Todos, los visitantes y los pequeños, enfilamos hacía esa puerta, donde una virgen de piedra, daba la bienvenida.

Palabras de agradecimiento, aplausos, y hasta una oración... el obligado protocolo se realizó rápidamente. Sin lugar a dudas, todos querían ir a las piñatas.

Debido a la cantidad de niños, se organizaron grupos para sonarle a los personajes de papel. Los más pequeños fueron los primeros en pasar. Con tristeza comprobé que cada niño podía darle tres palazos a la piñata, para que todos pudieran pasar.

Los más grandes se fueron a los juegos de feria que Siglo colocó en el patio. Fue en ese lugar donde un pequeñin me extendió los brazos para que lo cargara. Creo que es la primera vez que un niño me pide eso. ¿Acaso no sabe quién soy yo? ¿Acaso no sabe que soy el fan número uno de Marilyn Manson? No, el niñito de tres años quería un abrazo. Fuck.

Después de conocer el lugar, guiado por una voluntaria, nos sentamos junto al inflable. Decenas de zapatitos rotos y desgastados por el exceso de uso me rodeaban, mientras escuchaba algunas historias de los internos. Sin darme cuenta, un pequeñin me seguía de cerca, atraído por la cámara fotográfica.

Cuando por fin tomo valor, se acercó y me pregunto cómo funcionaba. Al principio no pude contestarle. No sabía como explicar las velocidades y aperturas, ni esas cosas que hasta a los grandes nos cuesta entender. Si Elmo estuviera allí sabría que responder.

Después de balbucear por un rato, mejor le mostré el botón diparador y el visor de fotos. Kevin (el improvisado aprendiz) enloqueció de felicidad al tomar una foto. A sus cinco años, estoy seguro que fue su primer encuentro con una Canon Rebel Xti.

Más tarde vino el almuerzo, la entrega de regalos y hasta una batucada que toca covers de regeton. Para pasar a bailar al frente, Kevin me dio una bolsita con unos dulces que recogió de la piñata, y me pidió que se los guardara. La fundación Bullocks hizo entrega de un lote de ropa para el hogar, mientras que uno de los sectoristas de Al Día se vistió de Santa Clos para estar con los pequeños, hasta que llegó la hora de irnos.

Cuando me despedía de la voluntaria, Kevin me dijo que cuando saliera del hogar, buscaría un trabajo para comprarse dos cámaras... una para él y otra para mi. Como limón en cevichería, sentí mi corazón partido en dos. Este niño me dio una lección de humildad.

En esas fechas estuve afanado buscando un estreno chilero, recorriendo Zara, Breshka, Pull and Bear, Jungle y hasta una tienda que se llama Rumores. Me sentí cucaracha por tanta vanidad absurda que tengo para celebrar la navidad, mientras que otros (como Kevin) lo único que quieren es un poco de cariño. Fuck Again!

El regreso a casa fue diferente. Hundido en mis pensamientos, esperaba que nuestra presencia en este hogar haya sido útil para los chicos. Casi llore cuando en la noche encontré en mi pantalón la bolsita con dulces que custodiaba para Kevin. Fuuuuuuuuck!

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